Gustavo
Gutiérrez desarrolla su libro Teología de
la liberación de un modo claro, conciso y pienso que muy bien fundamentado.
Un punto clave es entender en qué consiste exactamente la liberación, y si ésta
es algo coyuntural o estructural en la teología cristiana. Hace una definición
de la liberación en tres niveles que a lo largo del libro se demuestran
estrechamente interrelacionados e imposibles de concebir uno sin los otros. Estos
niveles son político, histórico y “espiritual”, y es por su mutua dependencia
que lo espiritual ya no es entendido en términos exclusivamente intimistas o
moralistas, de renuncia a lo mundano.
Para
exponer el nivel político, Gutiérrez repasa y revisa las teorías del
desarrollismo que estuvieron de moda en América Latina y que adolecen, según
él, de entender la pobreza desde los esquemas de los países ricos. Esto provocó
erróneas políticas económicas que como es bien sabido no aportaron lo que se
esperaba, de manera que la pobreza continúa. Esto ocurre porque la pobreza no
es algo aislado, que pueda darse en un país independientemente de los demás
países. En el mundo cada vez más globalizado, ya está sobradamente demostrado
que la economía funciona estructural y globalmente, lo que explica la pobreza en
un lugar por la riqueza en otros lugares, dicho en pocas palabras. Aquí
surgieron las teorías económicas de la dependencia como más adecuadas, teorías
que historizan la economía actual de los países pobres enfatizando el
componente de herencia colonialista que porta. La clave aquí es el modo en que
entendamos, en efecto, la economía. En realidad, la ciencia económica es muy
compleja, pero es necesario que todos nos aproximemos a ella. En la España
actual el 15 M ha generado un impresionante movimiento intelectual que piensa
la economía y la estudia, encabezado por prestigiosos catedráticos y
reconocidos economistas que fundamentan a mi juicio, aunque hablo como profano
en el tema, la crisis como “robo”y “estafa” y pronostican una catástrofe si se
continúan con medidas que van a paralizar el consumo y a empobrecer masivamente
a España. El caso es que precisamente nuestra crisis y actualidad económica
muestra eso que ha sido válido durante tantos años para el llamado tercer
mundo, y es que la pobreza es producto de una estructura internacional. No hay
que ser marxista para saber esto.
El
otro punto en el que se da la liberación, aparte del mencionado final de la
pobreza que debe abordarse estructuralmente, es más filosófico. Sería un
hipotético proceso histórico por el que el hombre cada vez vive mejor, se
realiza y conquista su libertad. Es una cuestión a la vez histórica, creo, y
existencial. Aquí la teología y la filosofía de la liberación han estudiado a
fondo la historia, su metafísica, como nivel ontológico de realidad en el que
se da lo que llamamos “hombre”, en el que el hombre va dibujándose a sí mismo.
En este blog hemos tratado con cierta profundidad el enfoque de Ignacio
Ellacuría, que nos muestra la capacidad de la filosofía de Zubiri para dotar de
consistencia filosófica a este planteamiento de la historia. Del mismo modo que
Ellacuría, Gutiérrez entiende la historia como un cierto ámbito de desarrollo
humano (un trascendental, un marco) en el que puede hablarse o no de
liberación, en función de las figuras que van produciéndose en la propia
historia, en sus contenidos. La historia, por definición, es siempre abierta y
es esta estructura abierta la que posibilita que dé a luz figuras de opresión o
de liberación. La liberación en este ámbito es la emergencia de formas
históricas (contenidos que pueden ir modificando el marco, y éste enmarcando a
los contenidos en un doble movimiento) en las que lo bueno, en términos
materiales, en cuanto a posibilidades logradas y aumento o mejora de las
capacidades, pueda incorporarse eliminando los bloqueos de la historia que
pueden denominarse “opresión”.
Este
ámbito o esencia abierta, lo es en lo que llamamos efectivamente “historia” y
en la “existencia” concreta de cada hombre. Todos somos estructura que se
engarza respectivamente en el mundo y con los demás hombres. Pienso que el
cristianismo propicia esta suerte de ontología de la respectividad, de la
religación universal, aportando la fuerza de las ideas. Pero como es sabido, a
partir del marxismo, que como teoría de la economía y del devenir histórico
Gutiérrez asume hasta cierto punto, se ha discutido la posibilidad de una
transformación desde lo ideológico. Es una larga y difícil discusión que Gutiérrez
concluye con la asunción de un cierto poder de las ideas para transformando las
conciencias, transformar el mundo. Aquí resulta muy relevante para mí su
elogiosa referencia a Paulo Freire (pp. 143-144), sin que ello signifique una
recaída, por supuesto, en un ingenuo idealismo.
La
estructura existencial del cristiano, también su psique por supuesto, en su
forma de estar en el mundo y de manejarse con el mundo (incluidos obviamente
los demás hombres) juega un papel crucial lo que ubicaríamos como ideas o
conciencia religiosa. Esto se relaciona con una conformación de su estructura
(material, mundana, conciencia) como función de un previo ontológico, de una
noción de la identidad y la alteridad, engarzadas de hecho, como algo fáctico,
en su relación con el mundo. Las categorías bíblicas hacen esto, como resulta
largamente desarrollado en el pensamiento de Lévinas. Hay en la Biblia un
permanente inacabamiento, una búsqueda muchas veces confusa y contradictoria
del fondo, y una relación del fondo del ser (Dios) con el plano más ético y
político (profetas). Es una ontología que podemos llamar “cristiana” que como
hondo pozo hace que brote de ella un comportamiento que impulsa hacia el otro.
El encuentro con Dios se da, para el cristiano, en el encuentro con el otro
(humano).
Sin
embargo esta estructura existencial, ha debido convivir con lo que Gutiérrez
denomina “dualismo” que ha propiciado un movimiento interiorista, una
espiritualidad de la negación del mundo y de la salvación como algo
exclusivamente supranatural, dice. Esto choca con la interconexión profunda que
existe de los tres niveles y que fundamenta una religiosidad o espiritualidad
que sin renunciar al elemento de apertura o inacabamiento, está en el mundo
realmente, logrando cosas en el mundo, en la historia. La historia es teológicamente
fortalecida como ámbito en el que se da el obrar humano y su consiguiente
dirección o no hacia el ideal del Reino de Dios, que sin confundirse plenamente
con lo político, interviene en lo político. Ver las cosas de otro modo, es
haber incurrido en desviaciones teológicas que a veces obedecen a los intereses
concretos de hombres e instituciones que gustan de sus privilegios.
Así,
el Reino de Dios funciona como lo que en términos secularizados sería una
utopía. De esta tensión del futuro presente ahora pero no del todo, emana la
gran fuerza que manifiesta el cristiano en su lucha política por un mundo
mejor. Hay un cierto movimiento existencial hacia la realización de lo futuro,
hacia un hacer presente lo futuro, con obvias consecuencias políticas. Este
estado existencial es a la vez optimista y pesimista, pues relativiza todo
logro. Es el carácter de negatividad que arrastra la historia y la teología que
expresara Walter Benjamin, y que en su distanciamiento, también salva. En el
cristiano se da la temporeidad, frente a, como señala Metz, el presentismo que
elimina el tiempo. Hay aquí una veta de las filosofías existenciales y
ontológicas, como la del propio Heidegger, a la que, críticamente, se podría
apuntar. Recordemos que para Heidegger, el Dasein
se realiza haciendo presente lo posible futuro, en un horizonte de
posibilidades que van actualizándose desde delante hacia atrás. El estado del
cristiano puede muy bien ser éste, su lugar o actividad en el mundo. La
diferencia es, como tanto hemos dicho en este blog, la lectura en términos materialistas
que debe hacerse de este proceso y que corresponde con la de un Ellacuría y Gustavo
Gutiérrez.
El
materialismo al que me refiero es consecuente con el carácter mundano del
hombre. El hombre es estructura, o sistema de notas, dice Zubiri, que se
desenvuelven en distintos niveles de realidad. Hay una metafísica de la
realidad y de la realidad humana en particular, que la señala como máximo
ámbito de realización, de creación de realidad. Materialismo significa ser
mundo, estar constituido por el mundo, el mismo mundo que uno trata de
comprender y que es manipulado. El carácter de religación de la religión apunta
a esta metafísica, la presupone, frente a posturas más fijistas o
sustancialistas que dieron también sus correspondientes teologías. Hay un
materialismo, incluso un empirismo, en Aristóteles que hay que salvar, sin
duda, pero la corrección zubiriana al sustancialismo, en términos de
sustantividad, es necesario mantenerla bien a la vista. Nos movemos con
metafísicas diferentes en algunos aspectos, con un materialismo que además de
metafísicamente, es fundado epistemológicamente por la teoría de la
inteligencia sentiente de Zubiri.
El
cristiano alberga una concepción metafísica relacional y materialista porque está
ontológicamente engarzado en la alteridad o, dicho de otro modo, en una siempre
dinámica y procesual identidad desafiada por el Tú. Lo que ocurre con el
abandono de este planteamiento y la adopción de posicionamientos de corte
dualista es una suerte de silenciamiento o eliminación autocastradora de esta
realidad relacional y material de la Creación y del hombre. Hay un fondo del
ser (en palabras de Tillich), que como vimos en los posts dedicados a Tillich,
dota paradójicamente al cristianismo de un carácter más arraigado en el mundo y
en el ser que en la visión atea de Heidegger. Justo ahí está la clave de la
fuerza de las ideas o creencias cristianas, lo que lo explica ontológicamente.
La conexión en medio del movimiento y la temporalidad, en medio de la finitud,
con un fondo firme que determina todo en el cristiano. Se trata de una
creencia, y puede que sólo sea eso, puesto que en ningún momento todo este
discurso que estoy elaborando puede fundamentar la existencia real, la
realidad, de Dios. Pero si Dios está en la existencia del hombre, cuidándonos
de que ello no implique una realidad de Dios, sí puede implicar un “Dios existe”
suave, relativo, que sin embargo incide ética y políticamente con una fuerza
que yo siempre he admirado en todo cristiano coherente y que tiene
potencialidad, sin duda, para salvar el mundo y salvar al hombre. Así, se puede
decir que Dios está interviniendo en el mundo, al margen de su realidad o no
realidad, que pertenecen a otro plano, más allá de la razón, como dijimos que
entendía Tillich, un más allá de la razón pero al mismo tiempo una presencia en
la razón, que la afirma, frente a las posturas exclusivamente inmanentistas o
irracionalistas.
La
liberación, en suma, se funda para el cristiano en la estructura relacional de
la realidad, como señala Bonhoeffer citado por Gutiérrez (p. 91). Es este
carácter relacional el que convierte toda actividad en actividad política, pues
todo incide en todos los planos de la realidad. Los movimientos ideológicos en
la conciencia del cristiano (dualista o unitario-monista) implican acciones
políticas, implican un cierto activismo del que no nos libramos ni siquiera por
omisión. La liturgia católica, abundantes textos e incluso encíclicas citadas
por Gutiérrez lo recuerdan, aunque no siempre con la decisión y carencia de
ambigüedades que nos gustaría. Porque el pobre, como alteridad desafiante que
nos reclama, es algo central y no colateral en el cristianismo. Algo que
enraíza en lo que podríamos denominar “ontología cristiana” que tiñe a la
Biblia. Ciertamente, el cristiano está, en cierto modo, en dos “mundos”, pero
esta forma de estar en dos mundos, de reconocer un nivel trascendente e inalcanzable
en la realidad o en Dios, precisamente lo dota de una singular potencia para
estar en el mundo que conocemos. No se niega ni por parte de Gustavo Gutiérrez
ni de Tillich, que haya ese fondo absoluto que trasluce en los relativos dinamismos
históricos, racionales y de la propia materia.

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