Emmanuel Lévinas se inscribe filosóficamente
en la tradición fenomenológica, de la cual toma cuestiones metodológicas, pero
aportando una rectificación que tiene importantes consecuencias prácticas. En
él se dan las ventajas de la capacidad descriptiva del método que iniciara
Husserl, pero desde el mismo método, apunta a soluciones diferentes que
intentan superar al maestro y a otro notable discípulo: Heidegger. Éste ya
había planteado Ser y tiempo como una
crítica a los aspectos más cartesianos, propios de una filosofía de la
conciencia subjetivista, de Husserl. Husserl parte del intento de, como él
decía, “ir a las cosas mismas” de manera que se planteara este abordaje del
mundo en sus unidades mínimas pero sin dar por sentado que el abordaje del dato
cuantificable, de la factualidad, del factum,
fuera el apropiado. Para Husserl hay un momento previo a la captación y
explicación positivista del mundo que hay que identificar, poniendo en suspenso
toda mirada factual a las cosas. El factum empírico en el que basa su
cosmovisión el positivismo y la ciencia obedece a una perspectiva básica, a una
metafísica, que asume que el mundo es como se presenta a la ciencia positiva.
Esto nos desvía de una mayor comprensión del mundo que el método fenomenológico
trata de alcanzar llegando al momento previo, a la base de toda captación de
las cosas. En este lugar basal, Husserl encuentra que se da la sensibilidad más
el movimiento de una conciencia, que cada vez irá adquiriendo en la filosofía
de Husserl connotaciones más cartesianas, que se mueve intencionalmente en el
mundo, fijando direcciones a la mirada. Hay una dimensión vertical en todo
mirar que aborda el mundo desde intencionalidades previas, lo cual genera
momentos o unidades mínimas cualitativamente determinadas por dicha
intencionalidad. Esto es lo que ocurre en el nivel más básico y mínimo de
nuestro trato con las cosas, habría una intención en la conciencia que
determina el cómo (lo cualitativo) nos llega el dato. La cuestión es que todo
sucede en la conciencia, marcando una importante diferencia con el positivismo
o el estructuralismo, para los cuales todo sentido viene de fuera.
Heidegger, discípulo de Husserl, cuestionó el
carácter monadológico del planteamiento husserliano. Habría un cierre del mundo
que se reduciría a la conciencia, que es donde aparece el dato, una conciencia
que Husserl entendió, cartesianamente, en términos en exceso racionalistas. Así,
la clausura de la comprensión del mundo por parte de la conciencia, en
Heidegger se abre a una trascendencia que rige o tiene la clave de toda
comprensión, una trascendencia cuya comprensión implica una apertura del Dasein
en la que ésta aparece. Se trata del Ser. El problema es que todavía en
Heidegger, sostiene Lévinas, hay una concepción identitaria, en la que la
conciencia (o lo que Heidegger llama “Dasein”) se da como unidad, como
identidad. Se trata de un lugar definido y nunca cuestionado, con una
importante tarea (comprender al Ser, ser su pastor). El Dasein se realiza
siendo él, ejerciendo de tal, afirmándose como tal. Esto es lo que Lévinas
cuestiona, en la medida en que el movimiento básico que precede a toda
identidad (la cual es una construcción siempre) es justamente lo contrario de
una homogeneización o solidificación. Se trata de una negatividad que erosiona
la unidad de la conciencia o subjetividad. Según el autor lituano, el primer
movimiento previo a todo trato logiforme con el mundo, a todo pensamiento y a
toda definición es lo contrario, la disolución de una previa unidad, su
cuestionamiento y destrucción. Así, según él, no es que haya sujeto y, en la
línea moderno cartesiana, desde él se plantea el conocimiento y el trato con el
mundo, sino que hay instancias y temblores pre-lógicos, prelingüísticos,
anteriores a toda conciencia. En este desafío que constituiría al sujeto,
tenemos como su motor a la alteridad, pero la alteridad total, entendida como
lo no homogeneizable, lo no asimilable, lo que nos cambia en la medida que no
puede ser fagocitado, y que actúa, por tanto, como una grieta o apertura en el
sujeto. Esto inicia todo movimiento de la subjetividad en la línea de lo que
Lévinas denomina “infinito”. Si no se da, tenemos una situación y una filosofía
de la identidad en la que reina lo Mismo que extiende sus tentáculos y cuyo
crecimiento se limita a ser una extensión de lo ya dado. Esto es lo que Lévinas
llama “totalidad”.
Toda vida digna presupone que haya de ser
desafiada por la alteridad. Lévinas califica a esto de “ética”, pero cuidándose
de toda connotación de sistema o lenguaje. Es algo previo que va a determinar
todo lo posterior, entre otras cosas, los sistemas morales, la política e
incluso la ciencia. Es como puede superarse tanto el modelo de la identidad
ilustrado como su cuestionamiento desde los individualismos posmodernos. En el
programa de emancipación ilustrado estaba la identidad, el pensamiento de la
identidad y la razón absorbente, como instancia o instrumento. Pero la razón
devino en Razón y aquí se colaban individualidades invisibles que pasaban por
razón universal. La tendencia de lo Mismo a seguir siendo lo Mismo generó un
pensamiento y una praxis de dominación que hoy ya todos conocemos y nadie puede
cuestionar que ha existido. El pensamiento ordenaba a costa de eliminar los
matices y las diferencias, dándole a todo una capa de uniformidad. Esto resulta
ciertamente estremecedor. Esta astucia o jugada de la razón para promover lo
contrario a la emancipación que se pretendía lograr con ella. El problema es
que si nos mantenemos en la lógica de lo Mismo y queremos rectificar este
exceso de la razón, no nos queda sino lo que han llevado a cabo las filosofías
posmodernas, que viene a ser un desfondamiento completo del mundo y de la razón
en un infinito de caóticas posibilidades o relatos que se superponen, en el
cual el pensamiento funciona quitando o poniendo ontologías a su antojo. O bien
dándole el papel rector en la moral o la política, por ejemplo, a las
emociones, a lo irracional, al individuo absolutamente separado del todo. Estas
opciones tienen, creo, evidentes peligros y tampoco logran, a mi juicio, una
emancipación con la contundencia y eficacia que lo requiere tanta sangre
vertida en la historia.
En los dos momentos (racionalidad ilustrada y
pensamiento de la diferencia), Lévinas denuncia una “inmanencia” que entiende
como cerrazón, como prolongación de lo Mismo y en el fondo, predominio de la
filosofía de la identidad. Tendríamos la razón de la identidad con sus sombras.
De esta encrucijada fatal nos libramos, según, cuando damos paso a la
heteronomía, a una razón y subjetividad heterónomas. Esto quiere decir,
golpeadas por lo otro, por lo de fuera, por la absoluta alteridad. Así, ser y
sujeto ya no coinciden, como seguía ocurriendo en Heidegger. Porque Lévinas
cree que la trascendencia representada por el Ser no acaba de romper en
realidad con una cierta inmanencia del sujeto. Recuerdo que no es el único en
haber visto este elemento de modernidad no superada en Heidegger, pues también
Habermas lo hace. Tanto lo decididamente subjetivo como lo que intenta salir
(trascender) del sujeto son dos caras de una misma moneda llamada “modernidad”,
con lo que el callejón sin salida que Habermas ve en las llamadas filosofías
posmodernas o el pensamiento de la diferencia, podrían estar incurriendo en
esto. Sin embargo, la fórmula de Habermas será, como sabemos, una reilustración
consistente en la colocación de lo intersubjetivo como lugar donde se genera lo
racional y la ética. En el caso de Lévinas, la salida sigue siendo
fenomenológica, como hemos dicho, y es de otro estilo por tanto. Él acude, como
todos los fenomenólogos, a lo ontológico, o sea, a lo básico, a la dirección o
verticalidad, o profundidad, que precede y orienta a la mirada y a la acción.
Es en este basamento donde puede o no intervenir la alteridad cuestionando
precisamente la idea de sujeto moderna como sujeto identitario. Se trata del
dejarse afectar por aquello extraño que me encuentro, que me sale al paso y me
reclama (el rostro del otro), a cuyo servicio se dispone el sujeto otrora
encerrado en su mismidad. Pensar sería, desde este enfoque, dejar que resuene
la trascendencia, lo cual es una tarea moral. El peor de los olvidos no es,
como afirmaba Heidegger, el olvido del Ser, sino el olvido del Otro. Tal vez
haya que llamar a esto antes antropológico que ontológico, pues es un
movimiento dado en lo humano. Aquí trascendencia no es sacrificio, sino lo
contrario, crecimiento desde la impugnación y la negatividad del Otro que me
cuestiona. Se trata de algo que puede darse en lo psíquico, pero que es previo a
lo psíquico: es antropológico, siendo aquí tal vez lo antropológico más básico
que lo ontológico. La intuición que, en otro orden de cosas, tuviera también
Feuerbach. No es que no exista un Yo que conoce, sino que hay algo previo a
toda conciencia, un cierto desafío u otredad en nuestros cimientos, en los
cimientos de la conciencia. Todo esto tiene unas implicaciones éticas que se
resumen en la escucha, en el respeto basado en la escucha, en lugar del
posmoderno coexistir de diferencias sordas unas a otras. Habría como momento
básico de la construcción ética (y creo, con Dussel, que también de la
política) esta apertura llena de responsabilidad e interés al otro que nos
reclama. No obstante, hay que señalar críticamente, también siguiendo a Dussel,
que a Lévinas le falta la positividad constructiva que debe seguir a una
negatividad disolvente que él sí supo expresar muy bien. A nivel teológico,
algo así como quien se queda en la teología negativa, momento que, desde luego,
debe presuponer toda construcción posterior afirmativa (política o teológica).
Fuente que nos ha ayudado: Graciano González
R-Arnaiz, “El individualismo ético de E. Lévinas”, en Barroso, M. y Pérez
Chico, D. Un libro de huellas.
Aproximaciones al pensamiento de Emmanuel Lévinas, Trotta, Madrid, 2004.

2 comentarios:
Gracias por este análisis asequible y clarísimo,señor Santos, es absolutamente necesario que no perdamos ese horizonte de visión del otro, y si es posible que se aproxime cada vez más hasta nosotros, sólo así podremos construir un parque verdaderamente humano, como apunta Sloterdijk.
Saludos
Manuel
Gracias por su comentario, Manuel. En los próximos días continuaremos profundizando en este modo de entender identidad y alteridad de Lévinas, desde un enfoque de raigambre fenomenológica que hay que conocer bien en sus valores y tal vez deficiencias.
Saludos
Publicar un comentario en la entrada