La pista del psicoanálisis freudiano y la noción de un “inconsciente colectivo”, aunque no necesariamente de la manera que Jung lo entiende, nos sirve para comprender algunos fenómenos propios de nuestra sociedad. Esto es lo que en gran medida realizan Walter Benjamin o Adorno en sus análisis de ciertos fenómenos sociales. Una pista procedente del psicoanálisis nos conduce, por ejemplo, a desconfiar de los relatos y atender a los detalles que suelen ser claves de lo que en realidad está ocurriendo y, sobre todo, de los anhelos y aspiraciones más ocultas que incluso apuntan a veces a la emancipación y no clausura de la historia. Así, en los fragmentos de lo social se halla el todo social con sus contradicciones, ocultamientos y deseos. Las posibilidades de “curación” están señaladas o incluso presentes en estos fragmentos de un inconsciente colectivo muchas veces opuesto a lo que la apariencia social a primera vista parece indicar. Una sociedad puede sufrir sin saber por qué y aspirar a una superación de dicho sufrimiento que, sin embargo, no es capaz de incorporar a los discursos y relatos elaborados por la consciencia. Jung, sin embargo, relaciona toda la dinámica social con la conexión a un inconsciente colectivo en el que operan arquetipos que vienen de los orígenes en todas las sociedades, fomentando como curación la conexión con los mismos para consolidar la configuración social. A diferencia de Jung, la noción de un inconsciente colectivo en Benjamin recogería lo nunca dado y lo exterior a la propia sociedad (lo utópico). Hay en él una tensión que impulsaría hacia delante y, por tanto, hacia la desintegración de la configuración social actual. Frente al posible conservadurismo de la concepción jungiana, Benjamin maneja la hipótesis de un “inconsciente colectivo” para encontrar en él que la sociedad sufriente aspira a ser otra cosa y no a perpetuarse tal cual es. Hay deseos en ella, por tanto, a menudo no formulados, sino esbozados fragmentariamente en los objetos culturales, que, como en los sueños, apuntarían a una satisfacción de deseos reprimidos.
La creencia en un ocultamiento que opera en la sociedad y que hallamos tanto en el psicoanálisis (el inconsciente y los sueños) como en el fetichismo de la mercancía en Marx nos sitúa en un funcionamiento social en cuya superficie visible apenas hallamos sino una máscara. La aproximación interpretativa que un Benjamin o un Adorno realizan tiene en cuenta esta dinámica de invisibilización de lo que realmente ocurre. Así, entienden la superficie como una superestructura ideológica que expresa de un modo artístico las ansiedades, dolencias y, muy sutilmente, los anhelos de transformación. Es decir, la sociedad produciría también su autoimpugnación, aunque con el cuidado y el simbolismo propio de los sueños, y sobre todo, se expresaría en el arte.
Siguiendo esta pista del ocultamiento y aplicándola a la pedagogía, podríamos identificar dos ilusiones basadas en sendas negaciones: la del hombre como fenómeno puro y escindido del mundo al que es posible explicar y captar sin contar con su mundo (atemporalmente, ahistóricamente) y, por otro lado, el historicismo que aunque lo considera en su mundo, lo trata como producto de un relato consciente y ordenado. Este último enfoque, aunque lo sitúa en su facticidad temporal e histórica, lo hace ordenándola cronológicamente, en una evolución que conduciría progresivamente hasta el ahora. En la pedagogía de índole más idealista se ocultaría en gran medida la historicidad del hombre. En la pedagogía historicista se aceptaría su procedencia y naturaleza temporal e histórica pero ordenando la historia de manera que habría que sacrificar la parte de esa historia que si irrumpiese en el gran relato de la historiografía convencional, la obligaría a hacer trizas su propio relato. Así, la historia puede ser entendida como ordenada temporalidad narrativa (historicismo) en la que todo lo humano sería producto de ese relato cuya conclusión es siempre la configuración social dominante en el presente. Así, el historicismo forma parte del positivismo del hecho o dato histórico plano, superficial, cuantificable y que encaja bien como pieza en el puzzle de la historia. Se puede explicar al hombre como parte de un sistema llamado historia, con un ritmo propio, acaso incluso con leyes (filosofía de la historia).
La perspectiva de Benjamin aplicada al estudio de cómo el hombre se va haciendo en un proceso de interacción que llamamos educación (pedagogía), rompería la linealidad y globalidad de la historia para explicarnos antes como producto no de datos observables a primera vista, sino de profundidades complejas y enormes campos silenciados a los que se accede oblicuamente, según el modelo del analista freudiano. En la educación entraría en juego como principal “fenómeno” lo oculto, lo no dicho, lo invisible. Sería una pedagogía que a la hora de explicar cómo y por qué se educa, tendría que hacerlo a partir de una historia invisible apenas insinuada, que no puede ser registrada en la forma de, por ejemplo, libro de texto, programa o discurso ordenado. La educación sería sólo en parte una acción afirmativa (visible, registrable, mensurable) y en su mayor parte, negativa (silencios y silenciamientos) a la que habría que acceder oblicuamente, para “registrar” cómo se hace – fluctúa lo que en principio llamaremos “hombre”. En los contextos conscientemente educativos habría que proceder, como tarea del pedagogo o estudioso de la educación, atendiendo a los fragmentos y a lo menos importante en la constitución del gran relato que construye la pedagogía convencional. No habría de hecho, mucho interés en apostar por un único relato, sino que acaso habría varias líneas a veces en pugna y contradicción. En realidad, la noción illichiana de “curriculum oculto” apunta en este sentido y sugiere la existencia de muchas educaciones que se contradicen, en lugar de una educación única y con una línea definida en, por ejemplo, las escuelas. Así, nos acogeríamos para entender o abordar lo educativo al paradigma de la red o la malla, o de las olas que hacen cambiar constantemente el aspecto del mar. Habría que ir renunciando a la linealidad y a la ilusión de una evolución progresiva para encontrar remolinos, corrientes, mar de fondo y oleaje en el paisaje del océano educativo, de la interacción que podemos llamar “educativa” entre los seres humanos, que nunca es el de un mar en calma.






